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Homenaje a los relatos de viajes

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Dejamos la autocaravana en un plano, cerca del lago, donde parece que está permitido aparcar. Hemos de tener cuidado de dónde la dejamos porque va a estar ahí, sola y sin protección, durante los días que dure nuestra caminata.

Nos internamos por un camino estrecho, de piso incómodo, de curvas más seguidas y cada vez más pino y, al poco, vemos, ante nosotros, encerrado en las brumas de las primeras horas de la tarde, un pequeño circo encerrado en su propio silencio.

Silencio sólo roto por las vacas que salen a pastar y a suplicarte un tanto de tu ración, por los gritos de los críos y por alguna conversación de sordos.

De atardecida, llegamos a una pequeña aldea y, un olor a cenas familiares nos trae al recuerdo que a esa hora de la tarde todavía andamos con el estómago vacío y que se quejan de desolación y de abandono.

Acampamos en el terreno de un lugareño que nos permite instalar nuestras tiendas de campaña, a condición de que no molestemos a sus vacas.

     

En el cielo de la amanecida, las nubes, rasgadas por el sol, aparecen y desaparecen, combinando las luces y las sombras.

Es la hora de desayunar y de asearse un tanto. Nos adentramos en una cafetería y, tras asearnos, damos cuenta de una gran taza de café con leche capaz de levantar el ánimo al más desanimado.

Ascendemos por el mismo camino que deshicimos horas antes de caminar las calles de la aldea que nos dio aseo y ánimo gastronómico.

Luego de andar un buen trecho por un camino emboscado, topamos con una reserva. Y porque uno, de contacto con los animales siempre anda escaso, decidimos entrar y emplear la mañana conversando con estos animales presos de su propia belleza y existencia.

Agotada la mañana, seguimos el camino antes abandonado para observar cómo el gentío hipoteca su alma a unas piedras y a unas figuras de madera.

Ya de mediodía, atendemos las necesidades del estómago y, después de sestear las primeras horas de la tarde, tomamos el camino que sale de la ermita.

El cielo se pone bronco y gris, pero que invita al camino.

Lentos, con la lentitud con que el aire se descuelga en estas tierras, comenzamos a caminar el valle. Y poco después, a paso calmo, llegamos a unos paneles que te dan una idea del origen y evolución de lo que estás viendo y pisando.

Luego de leer las explicaciones, seguimos caminando, conversando, soñando, admirando y disfrutando de una belleza tan sencilla que estremece y, de un silencio que tranquiliza el ánimo.

En este momento, empiezo a plantearme la conveniencia, o no, de relajar la vejiga pero me lo impide la ausencia de una mente, que a saber dónde estará (por lo que recomiendo que los pasajeros con destino a Betanzos embarque por la puerta siete).

Al poco, topamos con una cabaña de piedra, de una belleza justa y encajonada en un valle escogido por el silencio. El lugar y el silencio de las tierras que la rodean hacen un sitio apetecible para volver un poco a una vida ya casi olvidada y lejana en la memoria.

    

Cuando llegamos al lago, la tarde está dando paso a las primeras luces de la noche, y buscando cobijo y acomodo, tropezamos con un chiringuito.

Nos aproximamos y comprobamos que es un bar y restaurante, donde te sirven unos apetecibles embutidos con su botella de sidra (yo añoro ese orujo de León que te aprieta las tripas hasta el grito).

Sentados cerca de la barra, entre el calor del ambiente y los efluvios gastronómicos, me transpongo unos instantes y la modorra se me queda colgada de mi sosegado semblante.

Como la anochecida es dulce, el tiempo bonancible y el apetito mucho, nos alejamos hacia la autocaravana para hacer la cena y observar a unas vacas que parecen cariñosas.

Ya de regreso a la autocaravana, nos dimos unas merecidas duchas, de agua tan caliente, que nos reconfortaron el maltrecho cuerpo.

      

Y luego de una cena sencilla y un buen propósito para el día siguiente, nos acomodamos para descansar y sosegar el día

Justo nos da tiempo para llegar a la cama cuando la lluvia arremete sin descanso sobre el paisaje y sobre la autocaravana.

Mientras la lluvia se derrumba sobre el horizonte, me meto en la cama, removiendo en los adentros, todas las vivencias que este camino ha dejado en mí.

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